01/08/2026
Una combinación de experiencia y tecnología permitió resolver el homicidio. Medidas que aún son cuestionadas por rozar los límites de la legalidad
La teoría del caso comenzó a delinearse cuatro días después de que Ángela Beatriz Argañaraz desapareciera, el 31 de julio de 2006. Para entonces, las principales sospechosas ya habían sido detenidas y los investigadores creían haber identificado el móvil del crimen. Sin embargo, quedaban dos grandes interrogantes por responder: si existirían pruebas suficientes para lograr una condena y dónde estaba el cuerpo de la docente, una pregunta que, a 20 años del caso, continúa sin respuesta.
“Betty” salió de su casa de El Manantial para dirigirse al colegio Padre Roque Correa, donde iba a asumir formalmente como directora. Tomó un colectivo de la línea 103 y descendió en la esquina de avenida Alem y La Madrid. Luego abordó un remise blanco que tenía una estrella adherida al parabrisas. Su destino era el departamento del edificio ubicado en Catamarca 30, donde vivían Susana Acosta y su pareja, Nélida Fernández. Desde ese momento nadie volvió a verla con vida.
Según la hipótesis de la fiscala Adriana Giannoni, la docente fue convocada a ese lugar para organizar la despedida de la directora saliente. Allí se habría producido una discusión porque Acosta aspiraba al cargo que finalmente había obtenido Argañaraz. “Siempre pensamos que la golpearon y que murió porque no solicitaron asistencia médica a tiempo”, recordó Ernesto Baaclini, ex secretario de la Fiscalía VIII e integrante del equipo que investigó el caso.
De acuerdo con esa reconstrucción, las acusadas cargaron el cuerpo en un Ford Orion y lo trasladaron a un lugar que nunca pudo ser determinado, aunque siempre se sospechó que habría sido ocultado en algún sector de El Cadillal. Los investigadores también sostuvieron que, para concretar esa maniobra, habrían necesitado la colaboración de una tercera persona. Por esa razón fue detenido José Luis Fernández, hermano de una de las ex novicias.

La investigación también permitió descartar algunas versiones que alimentaron el morbo durante años. “Betty” no fue golpeada con una sartén de hierro ni su cuerpo descuartizado y ocultado dentro de una valija. “Fueron versiones descabelladas con las que únicamente se pretendía demonizar a mis defendidas”, sostuvo Gustavo Morales, abogado de las condenadas.
En los papeles, la teoría encajaba. Pero faltaba lo más importante: reunir las pruebas necesarias para sostenerla ante la Justicia. La combinación de experiencia investigativa y herramientas tecnológicas terminó siendo decisiva.
Desde un primer momento se sabía que Acosta aspiraba a dirigir el colegio y que no había recibido con agrado la designación de “Betty”. También se había determinado, a partir de los mensajes de texto hallados en el teléfono de la víctima, que había sido convocada al departamento donde vivían las sospechosas.
El 4 de agosto de 2006, Acosta y Fernández fueron citadas a Tribunales para declarar como testigos. Los investigadores recurrieron a una estrategia particular: las hicieron esperar durante varias horas antes de recibirlas. Lo importante no fue lo que dijeron, sino cómo reaccionaron. Los funcionarios advirtieron que ambas estaban especialmente interesadas en recuperar el automóvil que les habían secuestrado durante el allanamiento.
Entonces les propusieron someterse a un examen físico para agilizar los trámites. Las mujeres aceptaron. Los médicos detectaron lesiones compatibles con una pelea reciente o con la realización de tareas de esfuerzo, como cavar un pozo. Ese hallazgo fue uno de los elementos que impulsó la decisión de ordenar sus aprehensiones.

Mientras tanto, los tiempos procesales avanzaban y surgían nuevos indicios. Los investigadores descubrieron dos datos relevantes. El primero, que ninguna de las sospechosas había desarrollado normalmente sus actividades laborales el día de la desaparición de Argañaraz. El segundo, que esa jornada habían cargado combustible en dos oportunidades, algo inusual en sus rutinas y que podía indicar la realización de un recorrido extenso.
A esas evidencias se sumó una prueba científica que resultó determinante. La técnica del luminol, utilizada para detectar rastros de sangre invisibles a simple vista, fue aplicada por primera vez en una investigación criminal en Tucumán. Los peritos hallaron en el departamento de las acusadas una muestra biológica que luego fue sometida a estudios genéticos.
La pericia de ADN confirmó que la sangre pertenecía a Ángela Beatriz Argañaraz. Para Giannoni, esa fue la evidencia que terminó de consolidar la acusación y permitió llevar a las acusadas a juicio, pese a que el cuerpo de la víctima nunca fue encontrado. (Fuente: La Gaceta)