21/04/2026
Agustina García Fernández, radicada en Salta, estremeció al tribunal con un testimonio que cruzó la barrera de lo terrenal
En los tribunales salteños, donde la verdad suele buscarse entre pesados expedientes y huellas genéticas, una presencia inesperada logró lo que pocos testigos consiguen: que el tiempo pareciera detenerse. La expectativa era máxima; se esperaba a la mujer que afirmaba haber roto la barrera entre la vida y la muerte para traer un mensaje de justicia por el femicidio de Mercedes Kvedaras.
Agustina García Fernández, tucumana de origen y residente en Salta desde hace 16 meses, entró a la Sala de Grandes Juicios con una presencia que impuso un silencio inmediato. Vestida con un traje azul impecable y una camisa blanca que contrastaba con su melena rubia, caminó hacia el estrado con una serenidad imperturbable. Se sentó frente al tribunal, mantuvo la espalda derecha en la silla con una postura firme y, tras fijar su mirada en los magistrados, empezó a hablar. Su voz, cargada de una convicción absoluta, daría inicio a una de las declaraciones más perturbadoras de la justicia salteña: el relato de su conexión con Mercedes y las escalofriantes revelaciones sobre el acusado, José Figueroa.
Una amistad forjada en lo espiritual
García Fernández relató que conoció a la víctima, Mercedes Kvedaras, en el año 2021 durante un retiro espiritual llamado "Amor propio". Lo que comenzó como una conexión en un "círculo de mujeres" se transformó en una amistad íntima.
"Nos hicimos muy amigas. Ella me impulsó mucho... gracias a ella estudié dermatocosmiatría en la universidad", recordó la testigo, destacando la generosidad de Mercedes.
Sin embargo, detrás de esa fachada de apoyo mutuo, Mercedes confesaba una realidad matrimonial sombría. Según la testigo, Mercedes "no estaba contenta con su matrimonio" y arrastraba crisis desde el inicio de la relación. La víctima sentía que no tenía las herramientas para independizarse y vivía bajo la sombra del miedo: "tenía mucho miedo de no tenerlos a los chicos", ya que su marido, José Figueroa, supuestamente le advertía que sin él no tendría nada.
El escalofriante presagio: "¿Usted quiere matar a una mujer?"
Uno de los pasajes más perturbadores y cargados de tensión en el testimonio de Agustina García Fernández fue el relato de su primer encuentro profesional con José Figueroa. Según explicó la testigo, ella se encontraba trabajando en el spa de su amiga en Salta, donde realizaba sus "canalizaciones" además de tratamientos de cosmetología.
El encuentro no estaba planeado originalmente para el imputado: "había pocos turnos y... Mercedes decidió dárselo a Jota en vez de ir ella".
García Fernández relató que, al iniciar la sesión, no tenía conocimiento previo de quién era el hombre que tenía frente a ella: "Yo no sabía quién era él". Sin embargo, la experiencia resultó ser inusualmente intensa para una profesional con tres décadas de trayectoria. "Fue muy fuerte para mí. Yo hago esto hace 30 años... pero de cosas muy puntuales... no me puedo olvidar", confesó ante el tribunal.
Bajo su método de trabajo, en el que asegura percibir "situaciones, sensaciones, emociones, letras, números, olores y colores" que "bajan del orden divino", la testigo afirmó haber sentido una carga energética que la obligó a confrontar a Figueroa con una pregunta que hoy, tras el femicidio, adquiere un tinte profético: "Le pregunté si él quería matar a una mujer o ver muerta a una mujer", sentenció la testigo en la sala.
La reacción de Figueroa, lejos de ser de indignación o sorpresa absoluta, fue descrita como inquietante. Según García Fernández, el imputado "se rió un poco" y respondió con una aparente justificación: "Sí, es una mujer que me estafó". Ante esta respuesta, la testigo intentó profundizar en el motivo de tal resentimiento: "Yo le dije: ’¿Con cuánto te estafó? Porque a mí me estafaron en la vida y no quiero ver muerta a nadie’. Y me dijo: ’Con mucha plata’".
En aquel momento, el presagio pareció encontrar una explicación terrenal. Al día siguiente, la propia Mercedes Kvedaras le comentó a Agustina que su marido había quedado "muy impresionado" con la sesión. Mercedes le explicó que Agustina había logrado identificar a una persona específica en el entorno de Figueroa: "le nombraste a una mujer que lo estafó en un emprendimiento inmobiliario de construcción".
La testigo subrayó que ella simplemente transmite lo que percibe: "Yo siento las cosas y se lo dibujé y se lo escribí" en un papel que Figueroa se llevó consigo ese día.
Violencia física y "ninguneo"
La testigo no solo habló de percepciones energéticas, sino de hechos concretos de violencia que Mercedes le confiaba. Relató un episodio que la dejó impactada por la naturalidad con la que la víctima lo contaba: "me dijo que estaban enojados y que la agarró del cuello y que la levantó contra la pared... yo le dije que eso no es normal".
Además de la agresión física, existía un constante maltrato verbal y desprecio hacia los proyectos de Mercedes. Figueroa, según el relato, llamaba al emprendimiento de cremas naturales de su esposa como "las cremitas de mierdas esas", asegurándole que "no iba a llegar a ningún lado con ese proyecto". Mercedes también se sentía vigilada; la testigo recordó que, durante un desayuno de amigas, Figueroa le enviaba mensajes constantes y ella "pidió que le pasáramos una foto para mostrarle dónde estaba".
El mensaje desde la tumba y la visita al penal: una misión espiritual
Tras el impacto inicial de la noticia del crimen, que García Fernández conoció a través de una amiga en común, la testigo relató una experiencia que desafía la lógica procesal ordinaria: comenzó a percibir mensajes de la víctima. Según su testimonio, Mercedes le pedía a través de estas "canalizaciones" que se comunicara con su madre, María Jiménez, para realizar un pedido muy específico: "me pedía puntualmente que haga unas medallitas con unas tiritas de los dones del Espíritu Santo y que se las de a ella".
Pero el mensaje más difícil de procesar para la testigo era la insistencia de la víctima en que visitara a su asesino. "Me pide por favor que me comunique con Jota. Yo no sabía cómo hacerlo. Primero me resistía", confesó García Fernández ante el tribunal. La decisión no fue unilateral; la mujer buscó el aval de la familia de Mercedes: "Hablo con María, la mamá de Mercedes... y ella me dice: ’Estamos de acuerdo en que lo vayas a visitar’".
La logística para entrar al penal de Villa Las Rosas se destrabó de manera casi fortuita durante un almuerzo en un shopping. Allí, una amiga le sugirió contactar a una integrante de la asociación "Espartanos". Tras una serie de coincidencias que la testigo calificó de "locas", se gestionó la autorización que el propio José Figueroa debió firmar desde su encierro.
El viaje desde Tucumán para cumplir este "encargo" estuvo marcado por incidentes. La testigo relató que el ómnibus en el que viajaba se rompió en la ruta, llegando a la terminal de Salta con el tiempo justo para ir a la cárcel. Una vez frente a frente con Figueroa, la escena fue de una pesada carga emocional: "Cuando lo vi a Jota lo saludé, estuvimos los dos muy conmovidos. Él lloró bastante, estuvimos como 10 o 15 minutos solo en silencio", recordó.
El propósito del encuentro no era obtener una confesión para la justicia, sino transmitir lo que ella llamó “una necesidad del alma de Mercedes”. El mensaje que la víctima supuestamente quería entregarle a su marido era "que por favor diga la verdad para que se revincule con sus hijos. Eso sentía, que la verdad era lo único que podía revincularlo a él con sus hijos". Tras este encuentro, la testigo se reunió brevemente con la madre de la víctima para informarle que "estaba tranquila" y regresó a Tucumán, cortando todo vínculo posterior con el imputado.
El asedio de la defensa y el debate sobre la "mediumnidad"
La segunda parte de la declaración estuvo marcada por el riguroso contrainterrogatorio del abogado defensor, quien buscó diseccionar la naturaleza de las prácticas de García Fernández. Ante la mirada inquisidora de las partes, la testigo explicó que, aunque el público general lo llama "mediumnidad", ella prefiere el término "canalización".
"Las personas llegan a mí, yo no sé por qué... yo le digo qué voy a percibir: situaciones, sensaciones, emociones, letras, números, olores, colores que van a venir a mí y yo se las voy a ir transmitiendo para que juntos decodifiquemos un mensaje", detalló sobre su método de trabajo. La defensa insistió en las implicancias éticas y legales, preguntando si existía alguna regulación para dicha práctica o si existía el secreto profesional. La testigo respondió con firmeza: "Yo la tengo. Yo no hablo con nadie de las personas que me van a ver... jamás cuento nada ".
Uno de los momentos más tensos ocurrió cuando se le pidió precisar el origen físico de sus visiones. El defensor la interrogó sobre dónde observaba esos números o letras. "No sabría explicarle técnicamente. Lo siento, lo digo, lo escribo...", respondió ella. Ante la insistencia de si se trataba de una "intuición", la testigo rechazó el término, afirmando que la información "baja del orden divino".
Para blindar su testimonio ante posibles acusaciones de esoterismo oscuro o prácticas prohibidas por su fe, García Fernández subrayó su identidad religiosa: "Soy católica, apostólica, romana". Incluso citó como precedente a María Sima, una figura reconocida por sectores de la Iglesia que afirmaba comunicarse con las almas del purgatorio sin invocarlas. "Yo no invoco espíritus", sentenció. (Fuente: La Gaceta)