30/09/2026
La capa de hielo que rodea al continente se encuentra casi un millón de kilómetros cuadrados por debajo de la media histórica. Los expertos están investigando las razones detrás de este fenómeno y advierten sobre sus posibles efectos
El hielo oceánico en torno a la Antártida ha vuelto a mostrar cifras extremadamente bajas. En el invierno austral de 2026, se registró la tercera menor área desde que comenzaron las observaciones mediante satélites, hace cerca de cincuenta años.
Esta información ha encendido nuevamente las alarmas entre los investigadores debido a una tendencia que ha ido en aumento en los últimos años y que podría afectar tanto al clima como a los ecosistemas de la zona.
Según los datos del National Snow and Ice Data Center (NSIDC), el 14 de septiembre, la extensión máxima del hielo marino antártico fue de 17,59 millones de kilómetros cuadrados. Este número se sitúa casi un millón de kilómetros cuadrados por debajo de lo que se observó entre 1981 y 2010.
La magnitud de esta anomalía es más fácil de comprender si se compara: la cantidad de hielo que no se ha formado en relación con la media es equivalente a casi cuatro veces el tamaño de la provincia de Buenos Aires.
La situación de este año no es un evento aislado. Durante los últimos cuatro años, se han registrado los cuatro mínimas extensiones invernales más bajas de toda la serie de datos satelitales, un fenómeno que los expertos monitorean cuidadosamente para determinar hasta qué grado puede ser un cambio duradero en el sistema de la Antártida.
A diferencia del hielo de la superficie terrestre, el hielo marino se forma cuando el agua del océano se congela. En invierno, este hielo se extiende por el área circundante al continente y, cuando llegan los meses más cálidos, se reduce nuevamente.
Por esta razón, su fusión no ocasiona un incremento inmediato en el nivel del mar. No obstante, desempeña un papel crucial: refleja parte de la radiación solar y ayuda a mantener la temperatura del océano baja.
Con menos hielo, se expone más superficie de agua oscura, la cual absorbe mayor energía, lo que podría contribuir al calentamiento de las aguas oceánicas.
Además, actúa como un escudo para las plataformas de hielo unidas al continente. Si estas estructuras sufren debilidad, se puede acelerar el deslizamiento hacia el mar de los glaciares continentales, cuya reducción sí impacta en el aumento del nivel de los océanos.
Este fenómeno también puede modificar los ecosistemas de la Antártida. Por ejemplo, los pingüinos emperador necesitan superficies de hielo marino estables para reproducirse y cuidar a sus crías.
Los científicos están investigando diversos factores que pueden explicar las reducidas extensiones observadas en años recientes. Entre estos factores se incluyen las temperaturas del océano, el cambio en los patrones de viento y las alteraciones en la circulación atmosférica.
Los datos de Copernicus ya habían señalado un indicio en agosto: durante ese mes, la extensión promedio del hielo marino antártico se situó en 17 millones de kilómetros cuadrados, un 6,5% por debajo del promedio de 1991-2020, marcando el cuarto registro más bajo para un agosto desde el inicio de las observaciones por satélites.
Las anomalías más significativas se registraron en áreas del mar de Amundsen y en el océano Índico. En ciertos lugares de estas zonas, los vientos del norte arrastraron el hielo hacia la tierra firme y provocaron temperaturas más altas de lo habitual.
A pesar de que la extensión del hielo en la Antártida muestra considerables variaciones anuales, la serie de datos inusualmente bajos atrae la atención de los investigadores. La pregunta que surge ahora es si esto representa una serie de años excepcionales o si indica un cambio más permanente en el comportamiento del hielo alrededor del continente.