09/06/2026
Sin luz, gobernados por las pandillas y forzados a jugar a miles de kilómetros de su tierra, 11 millones de haitianos celebran una clasificación épica. Una radiografía cruda del país más pobre de América, donde la pelota logró ganarle al terror
Ante apenas 1.500 personas y a casi 800 kilómetros de su tierra, la selección de Haití vencía 2-0 a Nicaragua por la última fecha de las Eliminatorias rumbo al Mundial 2026. Necesitaba un gol más para no depender de nadie. Los minutos pasaban y ese tanto nunca llegaba. Al sonar el silbato final no hubo festejos. El plantel entero se reunió en el centro del campo, amontonado alrededor de la pantalla de un pequeño celular. Esos segundos parecieron eternos mientras seguían el desenlace del otro partido en San José. Cuando se confirmó que Costa Rica y Honduras no habían podido romper el cero y se eliminaban mutuamente, el silencio dio paso a la euforia. Algunos futbolistas se desplomaron sobre el césped, otros lloraban de rodillas. Contra todos los pronósticos, Haití volvía a una Copa del Mundo después de 52 años.
Un puñado de haitianos residentes en Curazao, donde el equipo hizo de local en la ronda final, celebraba en un rincón de la tribuna. En su país, muchas familias seguían el partido en medio de apagones generalizados. Para millones de personas, aquella clasificación representó una rara oportunidad para sonreír en un contexto atravesado por la violencia y la incertidumbre.

Haití es hoy un Estado sumido en una profunda crisis institucional. No tiene presidente desde el asesinato de Jovenel Moïse en 2021 y el ya frágil orden político terminó de derrumbarse. Las pandillas criminales controlan más del 80% de Puerto Príncipe y frustraron todos los intentos de normalizar la situación. Ariel Henry, quien asumió como primer ministro de manera interina tras el magnicidio, renunció en 2024 luego de que grupos armados bloquearan los aeropuertos para impedir su regreso al país. Desde entonces, un débil Consejo Presidencial de Transición intenta gobernar mientras las calles permanecen bajo el dominio de las mafias.
La noche de la clasificación, como tantas otras, la capital permanecía sin energía eléctrica. Cuando eso ocurre, el toque de queda es casi automático: las avenidas quedan vacías porque salir implica exponerse a grandes peligros. Pero aquella vez el miedo cedió por unas horas.
Miles de personas salieron con banderas a abrazarse con sus vecinos. Las únicas luces provenían de las pantallas de los teléfonos celulares y del fuego de algunas barricadas. Las ráfagas de disparos que normalmente anuncian una tragedia apuntaron esta vez hacia el cielo. Por unas horas, la violencia pareció firmar una tregua.
Como si el destino hubiera querido enviar una señal, el 18 de noviembre de 2025 se cumplían 222 años de la Batalla de Vertières, el enfrentamiento decisivo de la Revolución Haitiana. Aquel día de 1803, esclavos sublevados derrotaron al ejército francés y allanaron el camino hacia la independencia, proclamada oficialmente el 1 de enero de 1804.
La revolución haitiana conserva una particularidad única: fue la única rebelión de esclavos exitosa de la historia. Mientras gran parte del continente seguía bajo dominio colonial, Haití se convirtió en la primera república negra del mundo y en el segundo país independiente de América, solo detrás de Estados Unidos.
Pero ese desafío tuvo un costo enorme.
En 1825, Francia envió una flota de guerra y obligó al joven Estado a pagar una indemnización millonaria para compensar a los antiguos colonos por las tierras y los esclavos perdidos. Ante la amenaza de una nueva invasión, los haitianos aceptaron hipotecar su futuro para conservar la independencia.
El resultado fue devastador. Durante décadas el país destinó gran parte de sus recursos al pago de esa deuda, relegando inversiones en infraestructura, salud y educación. Hace pocos años, Francia reconoció la injusticia de aquella exigencia, aunque nunca devolvió el dinero.
Ese ahogo económico explica buena parte de la crisis actual. La pobreza facilitó el surgimiento de dictaduras, golpes de Estado e intervenciones extranjeras que profundizaron la inestabilidad.
Hoy Haití es el país más pobre del continente. La falta de agua potable y la desnutrición afectan a millones de personas, en niveles que suelen compararse con los de naciones golpeadas por conflictos extremos como Somalia o Sudán del Sur.

Frente a ese escenario, emigrar fue la única salida para millones de haitianos. Estados Unidos, Canadá, Francia y Chile se transformaron en destinos frecuentes. De esa diáspora también se nutre la actual selección.
“Ellos solo cuentan con nosotros. No tienen nada más. En nuestro país la gente sufre todos los días y somos su única alegría. No estamos jugando solamente un partido de fútbol, estamos jugando por la dignidad de nuestra nación”, resumió el goleador Duckens Nazon.
El equipo dirigido por Sébastien Migné refleja las distintas caras de esa historia. Nazon nació en París y eligió representar la tierra de sus padres. Frantzdy Pierrot nació en Haití pero creció en Estados Unidos. Danley Jean Jacques, en cambio, se formó en la liga local antes de emigrar a Francia.
Sin infraestructura y sin la posibilidad de jugar como local en Puerto Príncipe porque su estadio quedó rodeado por el combate urbano, los “Granaderos” convirtieron el desarraigo en combustible.
El sorteo no fue benévolo. Haití integrará el Grupo C junto a Brasil, Marruecos y Escocia. Sobre el papel aparece como el rival más débil.
Pero los pronósticos pocas veces alcanzan para explicar historias como esta.
En junio, cuando los “Granaderos” salten al césped mundialista, el verdadero triunfo quizá no esté en la tabla de posiciones. Será haber conseguido que, aunque sea por unas semanas, la atención deje de centrarse en la violencia y se pose sobre su fútbol.
Después de medio siglo de ausencia, la nación más castigada del continente vuelve al escenario donde todavía puede permitirse soñar. (Fuente: La Gaceta)