06/06/2026
La repentina muerte de Carlos Alberto “Indio” Solari, uno de los bastiones del rock nacional, paralizó a todo el país
De norte a sur y de este a oeste, grandes y chicos se encolumnaron para celebrar una última misa ricotera. Aunque, esta vez, la tradicional fiesta se replicó en simultáneo en casi todas las capitales para despedir al ídolo que tuvo “el pogo más grande de la historia”.
El campo improvisado que se montó en la Plaza de Mayo mostró un crisol de fanáticos que volvieron a juntarse con una misión: despedir al Rey. Nadie sabía del todo quién organizó la despedida, pero todos se sabían las canciones del hombre del falsete que también estaba en las remeras y en los corazones de los presentes.
Entre la multitud, había una mujer que se tatuó “Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota” en la cabeza, un pibe de 15 años que se había rateado de la escuela y viajó desde Pacheco e, incluso, una nena de 2 años a cococho de su papá.
La escena la completaron un vendedor de turrones que llevaba la mercadería sobre el hombro y la tristeza en todo el cuerpo y tres sesentonas que habían comprado ropa importada en Florida, pero que también cantaban y lloraban.
El Indio ha muerto y, en el corazón cívico de la Argentina y en la ciudad en la que el frontman redondo tocó por última vez en el año 2000, nadie esperaba ningún anuncio formal para empezar a despedirse.
El llanto, el pogo, el fernet y los abrazos se entremezclaron en el aire con algunos de los versos más inolvidables de la música de este país. Sobre el piso de la plaza, un artista dibujó con tiza a Solari y escribió una de esas líneas: “Donde hay dolor, habrá canciones”.
Byron y Augusto se tomaron un colectivo, el tren y el subte. Tienen 15 años y aprendieron las letras de Los Redondos porque, antes de ser la banda sonora de sus vidas, fueron las de sus mamás y papás. Augusto faltó a la escuela sin avisar y tal vez su mamá se enoje, pero sabía que su papá -“ricotero a morir”, dice- saldría en su defensa.
“Nunca escuché letras como las del Indio. Escucho mucha música de ahora y me gusta, pero no hay como él”, dice Byron, sentado junto a Augusto en un pilote de cemento de la Plaza de Mayo.
Bien cerca de la Pirámide, cuatro parejas de jubiladas bailaron “Mi perro dinamita” mientras cientos de personas la entonaban. Ninguna de ellas se lo propuso, pero dieron una clase magistral de rocanrol. “A mí, los Redondos me gustan desde que soy piba. Me los mostró mi hermano mayor y yo se los pasé a mis amigas en su momento, y después a mis tres hijos y a mis nietos”, contó Susana, una de las rocanroleras que vive en Núñez y es arquitecta.
Facundo lloró y estiró una remera como para que la vean los demás participantes del encuentro, que un poco se pareció a una fiesta, pero también al dolor. La remera tenía una foto de Miriam, su mamá, quien sonreía y tenía un brazo amoratado. Decía “Pensando en vos siempre”, un verso made in Solari, y tenía, chiquito, el logo de Patricio Rey.
“Mi hijo me pidió hacer la remera cuando tenía ocho años y mi mamá se había muerto. La quería para ponérsela debajo de la camiseta de su club y que se viera cuando festejara un gol. Ese año salieron bicampeones”, contó Facundo, mientras se secaba las lágrimas con el puño del buzo.
Y agregó: “Vine de Varela. Llorando y escuchando sus canciones, que son mi vida”. Aunque trabaja como operario en el puerto, en Retiro, pudo formar parte de la despedida porque estaba de vacaciones.
Tucumán, San Juan, San Luis, Catamarca y Mendoza tuvieron sus propias misas ricoteras. Unidos por el dolor colectivo, los seguidores del músico comenzaron a juntarse desde temprano en las plazas centrales de sus respectivas capitales.
Más al sur, en Neuquén y Bariloche (Río Negro), el frío no fue impedimento. Incluso, las calles de los alrededores del Centro Cívico de Bariloche fueron cerradas para el paso vehicular y, así, permitir la libre circulación de la gente.